Juan Bosch: El presidente puro y el sueño que sobrevivió al golpe

 EL AUTOR ES ABOGADO

Por Juan Rivera

VIERNES, 25 SEPTIEMBRE 2026. — Hay hombres cuya significación histórica no puede medirse por el tiempo durante el cual ejercieron el poder. Juan Bosch gobernó la República Dominicana apenas siete meses en 1963, pero aquel breve período dejó una huella que todavía gravita sobre la conciencia democrática, política y moral de la nación.

Pablo Neruda encontró una expresión formidable para describir aquel momento. En su «Versainograma a Santo Domingo», al referirse al triunfo electoral de Bosch, lo llamó «un presidente puro». Pocas palabras condensan mejor una dimensión esencial de aquel gobierno y del legado que Bosch dejaría a la sociedad dominicana.

No se trata de presentar a un hombre infalible o exento de errores. Se trata de reconocer una manera de concebir la política: el poder como servicio, el Estado como patrimonio colectivo y la honestidad en el manejo de la cosa pública como obligación moral del gobernante.

Bosch llegó a la Presidencia después de las elecciones de diciembre de 1962, tras más de dos décadas de exilio. Asumió la responsabilidad histórica de intentar construir una democracia sobre las ruinas de un régimen que durante tres décadas había acostumbrado al país a confundir el Estado con el patrimonio de quienes ejercían el poder. Su proyecto procuraba colocar la ley por encima de los gobernantes, convertir súbditos en ciudadanos y establecer que los recursos públicos pertenecían al pueblo, no a los funcionarios ni al partido gobernante.

Para Bosch, la democracia tampoco podía reducirse al ejercicio periódico del voto. Debía significar libertades públicas, derechos ciudadanos, justicia social, sometimiento del gobernante a la ley y una concepción ética del ejercicio del poder. La Constitución de 1963 fue la expresión jurídica fundamental de aquel proyecto y, al mismo tiempo, una ruptura con estructuras económicas, políticas y militares que habían sobrevivido a la dictadura.

El 25 de septiembre de 1963 aquel experimento fue abruptamente interrumpido. Sería simplista atribuir el golpe de Estado a una sola causa. Convergieron intereses económicos, políticos y militares, resistencias frente a las reformas, sectores conservadores y las tensiones propias de la Guerra Fría. Pero detrás de aquellas circunstancias había algo más profundo: Bosch estaba intentando modificar la relación entre el Estado, el poder y el ciudadano.

El golpe no derrocó solamente a un Presidente. Interrumpió una posibilidad histórica. Y produjo, además, una consecuencia decisiva: contribuyó a transformar el pensamiento político del propio Bosch. El hombre que había depositado una profunda confianza en la democracia representativa comprobó que haber ganado ampliamente unas elecciones, poseer legitimidad popular y ejercer constitucionalmente la Presidencia no había sido suficiente para garantizar la continuidad del gobierno elegido por el pueblo.

A partir de entonces profundizó sus estudios sobre las clases sociales, los grupos económicos, las Fuerzas Armadas, los factores internacionales y las estructuras reales del poder. Su obra «Crisis de la democracia de América en la República Dominicana», publicada después de su derrocamiento, constituye un testimonio fundamental de ese proceso de reflexión.

Pero la historia no terminó en septiembre de 1963. El 24 de abril de 1965, militares constitucionalistas se levantaron contra el orden surgido después del golpe y amplios sectores civiles y populares se incorporaron al movimiento. La exigencia central era el restablecimiento de la Constitución de 1963 y del orden democrático interrumpido.

El vínculo histórico es imposible de ignorar: elecciones de 1962, gobierno constitucional de 1963, golpe de Estado, Triunvirato y levantamiento constitucionalista de abril de 1965. Abril convirtió la Constitución de 1963 en algo más que un texto jurídico: la convirtió en símbolo de soberanía popular. Lo que estaba en discusión trascendía incluso la figura de Bosch: si la voluntad expresada en las urnas podía ser desconocida por la fuerza.

La intervención militar estadounidense del 28 de abril de 1965 añadió una dimensión internacional todavía más profunda a las reflexiones de Bosch. Por eso la transformación de su pensamiento no debe atribuirse exclusivamente al golpe. El golpe abrió las preguntas; Abril y la intervención las hicieron más profundas. De aquellas experiencias surgiría un Bosch cada vez más dedicado al estudio de las estructuras sociales y económicas, las relaciones internacionales y las limitaciones de la democracia representativa en las condiciones dominicanas de entonces.

Existe aquí una paradoja histórica: quienes derrocaron a Bosch para detener su proyecto contribuyeron también a transformar y radicalizar su pensamiento político. Sin embargo, en medio de esos cambios hubo una constante que permaneció esencialmente intacta: su concepción moral de la política.

Antes y después del golpe, Bosch sostuvo que el ejercicio del poder debía estar vinculado al servicio público y nunca al enriquecimiento personal. Los recursos del Estado no pertenecen al Presidente, a los ministros ni al partido que circunstancialmente gobierna. Pertenecen al pueblo dominicano.

Esa idea conserva una vigencia extraordinaria. Cuando los recursos públicos se utilizan para favorecer candidaturas o construir ventajas electorales, no estamos solamente ante un problema jurídico; estamos ante un problema ético y democrático, porque se coloca lo que pertenece a todos al servicio del interés político de algunos. El ejemplo de Bosch debe interpelar por igual a quienes gobiernan y a quienes aspiran a gobernar. No puede condenarse hoy aquello que se estaría dispuesto a practicar mañana.

La defensa del patrimonio público solo posee verdadera autoridad moral cuando constituye un principio permanente y no una conveniencia derivada de la posición circunstancial frente al poder. Esa es, quizás, una de las lecciones más actuales del pensamiento y la conducta pública de Bosch.

Más de seis décadas después, su legado continúa planteándonos preguntas fundamentales: ¿hemos construido instituciones suficientemente fuertes para proteger la voluntad popular? ¿Hemos separado definitivamente el patrimonio público de los intereses partidarios? ¿Entendemos el poder como servicio o todavía persiste la tentación de considerarlo propiedad de quien gana unas elecciones?

Por eso Bosch no puede quedar reducido a una fotografía, una consigna o una efeméride. Reivindicarlo no consiste solamente en pronunciar su nombre; significa convertir su ética pública en conducta.

El golpe de 1963 consiguió derrocar un gobierno, pero no pudo borrar la aspiración democrática que aquel gobierno había despertado. Abril de 1965 fue su demostración más dramática. Tampoco consiguió derrotar intelectualmente a Bosch: lo obligó a revisar sus ideas, estudiar las estructuras del poder y transformar profundamente su pensamiento.

Algunas presidencias terminan cuando concluye un mandato. Otras comienzan verdaderamente cuando abandonan el poder y pasan a convertirse en conciencia histórica de un pueblo. Juan Bosch pertenece a estas últimas.

Neruda lo vio llegar al poder como «el presidente puro». Muchos años después, Manuel Jiménez resumiría poéticamente la permanencia de su legado: «Con tu nombre, se alimenta una estrella feliz». Entre ambas imágenes se dibuja un arco histórico: el Presidente puro de 1963 es también el hombre que continúa viviendo en la conciencia democrática dominicana.

Que su nombre no sea solamente memoria. Que sea conducta, ejemplo y compromiso. Porque el mejor homenaje a Juan Bosch será trabajar por la democracia que soñó, preservar la moralidad pública que defendió y recordar que la soberanía popular que el golpe de 1963 pretendió silenciar volvió a reclamar su voz en las calles de Abril.

Fuente: elnuevodiario.com.do


No hay comentarios.

Con tecnología de Blogger.