El asesinato de Indira Gandhi
Eco en el Alma / Facebook
VIERNES, 31 DE JULIO 2026. — Más de 30 balas y todas salieron de las armas de los hombres en los que ella más confiaba. La mujer más poderosa del mundo cayó en su propio jardín entre las flores que ella misma cuidaba cada mañana, acribillada por los guardias que tenían una sola misión en la vida, protegerla. Pero lo más escalofriante no es cómo murió, es que ella lo sabía.
La tarde anterior, frente a una multitud, dijo una frase que sonó como una despedida. Dijo que si algún día maría, cada gota de su sangre le daría fuerza a su nación. Nadie entendió en ese momento que estaba anunciando su propio final. Menos de 24 horas después, esa frase se cumplió al pie de la letra. Esta es la historia de una niña que creció sola en una casa enorme y vacía.
Una niña que aprendió antes que a leer a decirles a los extraños en la puerta que en esa casa no quedaba nadie. Y es también la historia de la mujer en la que esa niña se convirtió. La persona más temida y más admirada de su país, rodeada de millones de seguidores y, sin embargo, sola.
Sola desde el principio, sola hasta el último aliento.
Miércoles 31 de octubre de 1984, Nueva Deli. Son poco más de las 9 de la mañana. En una residencia rodeada de jardines, una mujer de 66 años termina de vestirse. Elige un sari de color azafrán, ese naranja intenso que en la India significa sacrificio. Sus asistentes contarán después que esa mañana estaba de buen humor.
Había dormido poco, como casi siempre, pero se la veía serena. tiene una cita importante. Un equipo de televisión británico la espera para grabar una entrevista con el actor Peter Justinov. Un documental nada extraordinario. Solo hay que cruzar el jardín, pasar de su casa a la oficina contigua y sentarse frente a las cámaras.
Un camino que ha recorrido miles de veces. Sale de la casa. El sol de la mañana cae sobre las flores. Camina despacio por el sendero de grava. sin apuro. A su lado va un asistente sosteniendo un paraguas para darle sombra. Todo es normal, todo es tranquilo. Los pájaros cantan. El aire de octubre es suave, una mañana como cualquier otra en la vida de una jefa de estado.
Ella va repasando en la mente lo que dirá frente a las cámaras. Piensa en las 1 cosas que tiene que resolver ese día, en los papeles que la esperan, en la reunión de la tarde, en sus nietos que a esa hora estarán en la escuela. No sabe que le quedan segundos de vida. Adelante, junto a una pequeña puerta que separa su casa de la oficina, están dos de sus guardias personales.
Hombres que llevan tiempo a su servicio, hombres que conocen su rutina, su voz, su forma de caminar. Uno de ellos la ha acompañado en incontables ocasiones, le ha abierto puertas, ha velado por su seguridad. Ella lo saluda como cada día, juntando las manos frente al pecho en el gesto tradicional de respeto y entonces uno de ellos saca su revólver.
El primer disparo le da en el abdomen. Ella se lleva la mano al pecho, lo mira a los ojos sin entender. En ese instante, el segundo guardia levanta un arma automática y aprieta el gatillo. Una lluvia de balas, una tras otra tras otra, el cuerpo de la mujer más poderosa de la India se dobla y cae sobre el sendero de grava entre las flores que había regado esa misma semana.
Silencio. Los dos hombres dejan caer las armas. Uno de ellos dice en voz alte que ya hizo lo que tenía que hacer. No corren, no huyen. Se quedan ahí de pie junto al cuerpo. Su asistente grita, "¡Alguien corra!" La levantan del suelo, la suben a un carro, la lleven al hospital con el sar y empapado de sangre.
Los médicos trabajarán durante horas, le pondrán litros y litros de sangre, pero ya no hay nada que hacer. El cuerpo de Indira Gandhi había recibido más de 30 impactos. A las afueras del hospital, poco a poco empieza a juntarse la gente. Al principio son decenas, después cientos, después miles. Un país entero conteniendo el aliento.
Pero para entender cómo se llega a este jardín, a este sar y naranja, a esta traición de los que debían protegerla, hay que volver atrás. Hay que volver al principio, a otra casa grande, a otro silencio, a una niña que crecía rodeada de ausencias. La niña nació el 19 de noviembre de 1917 en la ciudad de Alabad, en el norte de la India.
Le pusieron Indira y desde el primer día todo el mundo esperaba grandes cosas de ella, demasiadas, porque no era una familia cualquiera. Los Neru eran una de las familias más importantes del país, ricos, cultos, respetados. El abuelo motilal Neru era un abogado brillante que había amasado una fortuna. La casa donde creció Indira era enorme, con jardines, con sirvientes, con habitaciones que un niño podía recorrer durante horas sin cruzarse con nadie.

No hay comentarios.