Asesinato de Francisco Villa
Iván Lópezgallo / Facebook
MARTES, 21 DE JULIO 2026.-- Este lunes 20 de julio se cumplieron ciento tres años del asesinato del general Francisco Villa y mucho se ha publicado sobre ese acontecimiento… así que no les voy a hablar de lo que sucedió aquel 20 de julio de 1923 en Hidalgo del Parral, sino de dos días en los que con Villa como protagonista, pudo cambiar la historia de México con una ejecución.
La historia nos la cuenta el ingeniero Elías L. Torres, quién escribió que:
«Hay ciertos detalles en la vida de los hombres, que aún cuando por de pronto parecen no tener muy grande importancia, resultan a la postre de una trascendencia enorme, no sólo para los hombres que en ellos intervienen, sino para la historia de los pueblos a que pertenecen. En la Revolución hay innumerables casos que podría citar, de los cuales cojo al azar dos en los cuales los personajes que intervinieron estuvieron muy lejos de darse cuenta por el momento, del enorme resultado que sus actos tendrían posteriormente.
Cuando el gobierno de don Francisco I. Madero le confirió al Gral. Victoriano Huerta la campaña contra el infidente Pascual Orozco, militaban a las órdenes del segundo varios jefes de las tropas irregulares, con cuyo nombre se designó a los revolucionarios que habían tomado parte en el derrocamiento del general Díaz.
Entre esos jefes irregulares figuraba Francisco Villa, con varios de sus subalternos y gentes que lo habían seguido en la primera etapa de la Revolución a quienes no quería el jefe federal, porque de seguro ya germinaba en su cerebro la idea de apoderarse del Gobierno, andando el tiempo, y bien comprendía que todos los jefes irregulares, es decir, los verdaderamente revolucionarios, serian el primer obstáculo con que habría de tropezar, y procuraba y procuró siempre eliminarlos, ya enviándolos a la vanguardia en condiciones tales que fueran aniquilados, ya haciendo más tirante la disciplina con ellos, para que se dieran de baja; ya, en fin, intrigando contra ellos para que los procesaran o los fusilaran si se podía.
Esto último trató de hacer con Villa, acusándolo de una insubordinación y de delitos que no cometió, llegando las cosas al grado tal, que fue aprehendido por mandato de Huerta, quien ordenó su inmediato fusilamiento. Pudo haberlo hecho a pesar de las influencias que se movieron para evitarlo, porque Huerta no era un individuo que se andaba por las ramas en materia de decisiones violentas; pero juzgó, seguramente, que Villa era un pobre abigeo incorporado a la Revolución, del cual no había que temer gran cosa en el futuro, y no lo fusiló.
Este detalle que tuvo para Huerta en aquella época escasa importancia, ¡de qué trascendentales resultado fue andando el tiempo! Nada menos que aquel jefe irregular que quitó de frente a los rifles del pelotón, fue el que le dio las más grandes batallas y aniquiló lo mejor de sus ejércitos, derrocándolo del poder.
Villa, a su vez, tuvo en sus manos al general Alvaro Obregón, a quien en recio altercado ordenó que le fusilaran; pero juzgando "que no vallia nada”, según sus frases textualles de aquella época,
suspendió la orden y dejó con vida a quien, andando el tiempo lo había de derrotar, convirtiendo su poderosa División del Norte en una simple guerrilla.
Por ser muy poco conocidos los detalles de cómo se salvó Obregón de caer acribillado a tiros por la escolta a quien Villa le había ordenado su fusilamiento, voy a relatarlos en este artículo.
Tanto por las dificultades que habían surgido entre don Venustiano Carranza y Villa, como por las diferencias suscitadas en Sonora entre don José Maria Maytorena y el general Benjamin Hill y el coronel Plutarco Elías Calles, el general Alvaro Obregón resolvió trasladarse a Cihuahua, donde estaba el cuartel de Villa, con el fin de ver si era posible que ese estado de cosas cesara, no sin antes ponerse en comunicación telegráfica con el jefe de la División del Norte, preguntándole si estaba dispuesto a hablar sobre el particular y si tendría allí todas las garantías necesarias.
Villa contestó afirmativamente, de manera que Obregón, en honor de la verdad fue siempre temerario audaz, se trasladó a Chihuahua, en donde fue recibido bien sin que al principio se sospechara que la entrevista con Villa estuviera a punto de degenerar en tragedia.
El cuartel general del jefe de la División del Norte estaba instalado en la Quinta Luján, uno de los edificios más hermosos, en aquella época, de Chihuahua, propiedad del rico terrateniente de ese nombre; habiéndose destinado la sala principal de la casa para audiencias del general Villa. En ese lugar fue recibido el general Obregón por aquel, entablándose desde luego una animada conversación sobre los tópicos que llevaban a éste a Chihuahua.
Esto pasaba la tarde del 20 de septiembre de 1914.
En la pieza siguiente, destinada a la secretaria particular del general Villa, se encontraba esa tarde el coronel Luis Aguirre Benavides, secretario de Villa, Miguel Trillo, que era entonces taquigrafo únicamente (andando el tiempo fue secretario de Villa y el hombre de todas sus confianzas), el ayudante Dario W. Silva, el coronel Enrique Pérez Rul, que cinco meses después ocupó el puesto de Aguirre Benavides, el coronel y doctor Felipe Dussart y dos telegrafistas de planta.
Villa y Obregón conferenciaban solos en la sala, sentado el uno frente al otro, discutiendo aparentemente con calma cuando de pronto, levantándose colérico:
—¡Es usted un cobarde! —rugió Villa, haciendo ademán de sacar la pistola.
—¡Yo no soy cobarde... yo soy hombre! —contestó Obregón, llevándose igualmente la mano a la pistola y levantándose también.
Usted es un traidor... tal por cual... y lo voy a mandar fusilar inmediatamente, y dirigiéndose a un capitán de su guardia personal que estaba en el vestíbulo, dijo:
—A ver, capitán traiga una escolta para que se lleven a fusilar a este hombre.
Las personas que se encontraban en la secretaría, se asomaron a la puerta de la sala para ver lo que pasaba, entrando Miguel Trillo, quien con el capitán se fue en busca de la escolta que ordenaba Villa, el general Dussart entró también a la sala y se quedó parado a unos cuantos pasos de Villa y Obregón.
Villa, con los ojos desencajados por la cólera y vomitando insultos, en voz alta, recorría a grandes pasos la sala, de un lado a otro, en tanto que Obregón, sereno, lo veía accionar, listo para repeler
cualquier acción personal y contestando, de cuando en cuando, los insultos que le dirigía airadamente su interlocutor.
Entre tanto llegó la escolta, compuesta de diez soldados, los cuales se colocaron en el vestíbulo en dos alas, y Trillo y el capitán, sin decir una sola palabra, esperaban órdenes en la entrada.
De pronto Villa, que ya se habia dado cuenta de la presencia de la escolta, se detiene frente a Obregón y le dice:
—Ustedes son unos traidores, y de mi no se burlan… voy a probarle que yo soy hombre.
—Yo también soy hombre… no soy traidor… —contestó el general Obregón, sin inmutarse, serena y valientemente.
Villa vio la escolta, pero no repitió la orden de que fusilaran a Obregón, sino que siguió dando zancadas por la sala, vomitando injurias contra éste, Carranza y otros. El general Dussart aprobaba cada injuria, exclamando:
—¡Bravo!… ¡Bien!… ¡Muy bien!… ¡Eso es!.. ¡Claro!
A Villa le chocó seguramente la intromisión del doctor Dussart, y encarándosele colérico le dijo:
—¿Quién es este monigote... tal por cual?…
¿Qué es lo que quiere?... Ahorita se calla y se larga mucho a... —Dussart no esperó que le repitiera la orden, saliendo de estampida por entre la escolta. Esta intromisión y escapatoria de Dussart pareció distraer un poco la cólera de Villa, quien fue bajando el tono de la voz; disminuyendo la gravedad de los insultos y por fin salió de la sala, en dirección a sus habitaciones particulares, atravesando la secretaría.
Al pasar por ésta se encontró con Raúl Madero, a quien le tenía una gran estimación y que había llegado porque el coronel Luis Aguirre Benavides le había telefoneado lo que estaba pasando con el objeto de ver si venía a calmar a Villa: pero cuando llegó era tal la cólera de éste, que no se atrevió a entrar. Al verlo Villa le dijo:
—¿Quiubo, Güero; qué anda haciendo?
—Nada, mi general...
Y Villa siguió en dirección a sus habitaciones.
El general Obregón se quedó solo en la sala. En el vestíbulo, la escolta con Trillo y el capitán al frente, no decían una sola palabra, como si la escena violenta que acababan de presenciar les hubiera paralizado el uso de la voz. Durante más de media hora nadie se atrevió a hablarle al general Obregón, quien cansado de estar de pie tomó asiento serenamente.
Se oyen de nuevo los pasos de Villa y entra a la sala otra vez. Un hálito de frío sacudió los nervios de los que presenciaban la escena, esperando que en esta ocasión volvería el terrible jefe de la División del Norte de nuevo a dar a la escolta la orden del fusilamiento. Recorrió la sala cinco o seis veces expresándose acremente, pero ya no tan violento como al principio, y se salió de nuevo... Obregón ni siquiera se levantó de su asiento...
Luego entraron en la sala el general Roque González Garza, que había llegado después de la escena de violencia; el general Raúl Madero y Luis Aguirre Benavides, con quienes el general Obregón se puso a charlar con pasmosa serenidad, como si no hubiera estado a punto de morir. Esto sucedió de las cinco a las siete de la noche, en que se retiró la escolta, quedando unos cuantos soldados para impedir que saliera; Villa lo había declarado su prisionero.
Siempre hubo en la División del Norte dos grupos de generales, que aún cuando compañeros y amigos en la lucha, tenían distinto concepto por lo que a la vida humana se refiere. Un grupo, al que pertenecían Tomás Urbina, José Rodríguez, Rodolfo Fierro, Banda, Borunda y otros, tenían verdadera sed de sangre: todo lo querían resolver a fuerza de asesinatos y de violencias.
El otro grupo, antagónico del primero, lo encabezaban los generales Felipe Ángeles, Eugenio Aguirre Benavides y su hermano Luis, general Manuel Chao, Roque González Garza y otros, se oponían sistemáticamente a toda clase de asesinatos, pues juzgaban que bastante era la pérdida de vidas que se sufría en las batallas para agregarse el de otras, en emboscadas y traiciones.
De manera que los primeros, con excepción de Banda y Borunda, que ya no estaban en Chihuahua, le aconsejaban a Villa que mandara fusilar al prisionero y los otros, con Raúl Madero al frente, le sugerían la necesidad que había por respeto a la División del Norte de que se respetara la vida de Obregón, quién había ido a Chihuahua bajo la seguridad de que se le respetaría y tendría las garantías necesarias. Triunfó el segundo grupo y al anochecer del día 21 permitió que en un tren especial saliera a México acompañado por los generales Manuel Chao, Eugenio Aguirre Benavides, Severino Ceniceros, Roque González y otros.
No habían pasado cinco horas de haber salido el tren cuando Urbina, hablando con Villa, le decía:
—Pero compadre, ¿por qué desperdicia usted esta magnífica oportunidad? Échese al plato a ese perfumado de una buena vez.
—Pos pue que sí, compadre; porque se me hace que ese vale va a dar guerra todavía.
—Pos sí compadre; mándelo alcanzar y que lo quiebren.
Villa entonces mandó buscar a Rodolfo Fierro, para que saliera en una máquina sola con algunos soldados, via libre, al Sur, hasta alcanzar el tren especial, para que, en apoderándose del general
Obregón, lo fusilara inmediatamente.
—Mi jefe —contestó Fierro—, póngame usted a prueba en otro asunto, porque la verdad esta comisión me repugna... ya lo dejamos ir y ahora hay que respetarlo —y siguió argumentando sobre el asunto, ante el pasmo de Urbina y del mismo Villa; pero es el caso que éste no insistió, pero durante toda la noche estuvo pensando si sería bueno o no matar a Obregón, y como seguía la influencia perversa de Tomás Urbina insinuándole continuamente "que se lo echara al plato", ordenó por la mañana muy temprano que por las oficinas de los telégrafos Nacionales se trasmitiera el siguiente mensaje:
"Secretaria particular del general Francisco
Villa. —División del Norte.— Chihuahua, septiembre 22 de 1914.—Señor general Mateo Almanza, Jefe de las Operaciones.— Torreón, Coah.
"En cuanto llegue a ésa tren especial que conduce a Obregón, en compañia de González Garza, Aguirre Benavides, Chao, Ceniceros y otros generales, aprehenda a Obregón y fusílelo inmediatamente.
Conteste.— El general jefe de la División del Norte, Francisco Villa."
Serían las ocho de la mañana cuando se presentó en la secretaría particular el jefe de la oficina del telégrafo nacional ante el coronel Luis Aguirre Benavides, preguntándole con gran extrañeza, si debería darle curso al telegrama anterior porque no llevaba la firma auténtica de Villa, ni se le había enviado por los conductos debidos; y además era de tal gravedad la orden que él mismo había querido cerciorarse primero de la autenticidad antes de transmitirlo.
Aguirre Benavides recogió el telegrama y le dijo a Orozco, que era como se apellidaba el jefe de los telégrafos, que no trasmitiera semejante telegrama; que él, personalmente, respondía de esa orden.
El coronel Benavides, a quien ya se le empezaba a tener desconfianza, asumía con eso una gran responsabilidad ante Villa, que podría costarle la vida; de manera que era necesario solucionar el conflicto y obtener del jefe la aprobación de ese acto.
Para lograrlo, se puso de acuerdo con Enrique Pérez Rul, quien fungía como segundo en la secretaría, para obtener de Villa que no se trasmitiera definitivamente el terrible mensaje.
—Entre usted primero con el general —le dijo Aguirre Benavides a Pérez Rul; yo voy en seguida a ayudarlo y entre los dos lo disuadiremos del envió de este mensaje.
Así se hizo y he aquí como cuenta textualmente Pérez Rul lo que pasó.
"Confieso que con verdadero temor entré a hablar, era la primera vez que me enfrentaba para un asunto de tal cuantía.
—¿Qué desea, señor? me preguntó con aire benévolo.
—Mi general, ¿es de usted este telegrama?
—-Sí, ¿por que me lo pregunta?
—Precisamente ha querido identificarlo el jefe de Telégrafos, porque los mensajes oficiales van por la oficina telegráfica de la secretaría particular; porque no tiene sello alguno, ni es la letra, ni la firma de usted.
—Sí es bueno el telegrama y debe trasmitirse para que se cumpla esa orden —me dijo severamente—. Yo mismo lo he depositado en la oficina.
Entonces, animándome gradualmente, sintiéndome fuerte por la nobleza del acto que llevaba a cabo, le dije que esa orden no debía llevarse a cabo; que la persona de Obregón era y debía ser sagrada para nosotros; que deberían dársele garantías y cuidar de su vida; de que nada fuera a ocurrirle; y que el honor y prestigio de la División del Norte y de la causa que defendíamos radicaba, precisamente, en el respeto a la vida y a la persona del general Obregón.
—Usted está equivocado —me interrumpió Villa—, habla así por su buen corazón; pero no se fija en que Obregón es un tal… que va a ensangrentar a la República mucho más que Pascual Orozco; que Obregón va a causar más daño que el propio Victoriano Huerta.
—Aunque así fuera mi general —repuse con esfuerzo, el honor nos manda respetarlo y protegerlo. Precisamente Huerta, al sacrificar al presidente Madero, lo ha llevado a la inmortalidad. Si usted sacrifica a Obregón, va a aparecer como un asesino y Obregón como un mártir.
—Obregón no vale nada... no es el mismo caso…
—Es posible, mi general; pero si usted lo mata, usted se encargará de hacerlo valer.
Sin duda que esta razón fue la más convincente, porque me dijo con aire profético.
—Usted se va a acordar de mi. Ese hombre nos ha de causar mucho daño; pero en fin, lo autorizo a destruir ese telegrama, y para que le ordene a Almanza que le dé garantías a Obregón.
No me hice repetir la orden. Con positivo gusto y como si hubiera obtenido un triunfo brillantísimo, hice en seguida que el mayor Daniel E. Delgado, jefe del telégrafo particular de Villa, transmitiera a Mateo Almanza un telegrama que redacté yo mismo, ordenándole que en cuanto llegara a Torreón un tren especial, en que viajaban los generales que iban a la Convención del Ejército Constitucionalista acompañando al general Obregón, diera toda clase de ayuda y consideraciones, y le facilitara los elementos para continuar su viaje.
Así fue como se salvó el general Obregón tres veces de ser asesinado: la primera, cuando Villa ordenó que viniera la escolta para fusilarlo; la segunda, cuando Fierro, la hiena de la División del Norte, se negó a alcanzar el tren especial en que se alejaba de Chihuahua y la tercera, cuando la desconfianza de Orozco, jefe de la oficina telegráfica, lo hizo suponer que era apócrifo el telegrama, entre cuya urdimbre llevaba la muerte del caudillo sonorense…
¡El destino le tenía marcado el revólver de un rufián para morir asesinado!».
Francisco Villa es uno de los personajes más controvertidos de la Revolución Mexicana. ¿Ustedes qué piensan, fue un héroe o un maleante?
*****
Si te gustó la publicación te invito a seguirme y a darle me gusta, ya que publicaré más contenido relacionado y, además, apoyarás este trabajo de divulgación. Gracias por leerme y muy buenas noches.
#historia #México #efemérides #undíacomohoy
#PersonajesQueHicieronPatria #EntreHistorias.

No hay comentarios.